(EDITORIAL) Una cena en la cárcel

¿Hacer una reservación para cenar en la cárcel? El plan sonaba misterioso e interesante. Puntuales llegamos a la cárcel de mujeres de San Diego donde funciona el Restaurante Interno, en Cartagena de Indias. Sin requisas invasivas, sellos en los antebrazos, ni vigilantes armados entramos por la rosada puerta de hierro, donde nos recibió un amplio corredor con paredes bien decoradas y techo a cielo abierto.

Las internas de la cárcel son quienes cocinan y atienden a los comensales. Una de ellas repartió el menú: cinco entradas, cinco platos fuertes, tres postres y cuatro bebidas son las opciones. Usted elige uno de cada uno y paga noventa mil pesos (o treinta dólares); también puede ordenar vino por un valor adicional.

Aunque ordené con sospechas, quedé gratamente sorprendido cuando los platos empezaron a llegar. Carimañolas de posta con suero y menta, pesca del día en salsa de coco quemado, jardín de cocadas, limonada de coco. Más tarde supe que las recetas fueron diseñadas por reconocidos chefs como Koldo Miranda o Harry Sasson. El asombro me obligó a preguntarme: ¿Cómo empezó este milagro?

Por un concurso de belleza…

Colombia tiene una extraña afición por los “reinados” de belleza. Colegios, universidades, pueblos, festivales y hasta cárceles suelen convocar periódicamente este tipo de eventos. A uno de ellos, en una cárcel femenina, fue invitada como jurado la actriz Johana Bahamón. Terminado el certamen y sin saber por qué, dice Johana, sintió la necesidad de realizar una actividad con las internas. Aprovecharon unos meses sabáticos de Johana para ensayar, memorizar y encarnar en la misma cárcel, los personajes de La Casa de Bernarda Alba, una obra de teatro de García Lorca.

Johana ansiaba que las reclusas pudieran presentar la obra en un teatro de verdad, ante un público que pagara por asistir. La ley estaba en su contra porque los códigos autorizan que los internos salgan de la reclusión para atender situaciones graves o urgentes, y no para actuar en obras de teatro. Sin embargo, la tenacidad se impuso y luego de ocho meses los permisos fueron concedidos. Las reclusas se convirtieron en actrices. Ahí empezó todo.

De las tablas al restaurante

Johana creó la Fundación Teatro Interno. Rápidamente tuvo que cambiarle el nombre porque ya no se dedicaba exclusivamente al teatro. La ahora Fundación Acción Interna pone su empeño en resocializar y mejorar la calidad de vida de la población carcelaria con trabajo, creación de empresas, música, artes plásticas, clases motivacionales, becas, yoga, servicios financieros y, quién lo creyera, restaurante.

El restaurante Interno no es el primero que funciona en una cárcel. Ese mérito es del In Galera, a las afueras de Milán, Italia. Johana escuchó hablar de él y viajó para conocerlo tras bambalinas. Dentro de las dificultades de montar un restaurante en la cárcel están el manejo de la seguridad, salubridad, la selección de las internas, sus roles, la necesaria capacitación, entre otros. Conocedora de los pormenores del primer restaurante “tras las rejas” del mundo, la actriz lo importó a Colombia. Fácilmente se decidió por Cartagena y por la cárcel de San Diego. La primera es la ciudad más turística de Colombia y la segunda tiene una ubicación envidiable cerca de plazas y hoteles atractivos para los visitantes.

Rompiendo la puerta giratoria

Fácilmente el director de la cárcel de San Diego se dejó convencer sobre la idea del restaurante Interno. Sin embargo, como las grandes causas son fáciles de aplaudir cuando han sido construidas y difíciles de apoyar mientras son planeadas, el proyecto tuvo algunas dificultades. Las principales fueron jurídicas: ¿A qué título pagarían los comensales sus cuentas? ¿Donación? ¿Compraventa? ¿A quién? ¿A las internas directamente? ¿A la Fundación? ¿Qué impacto tributario tiene cada opción? ¿Pueden las internas recibir salario? ¿O sus familias? ¿Cómo? ¿Puede un generoso comensal dejar propina directa para alguna interna?

Las anteriores preguntas no son triviales. Para responderlas resultó trascendental la Fundación ProBono de Colombia. Gracias a una abogada vinculada a una de las firmas que pertenecen a la Fundación ProBono, gran parte de los interrogantes fueron resueltos.  La participación de la Fundación ProBono no se limitó a estructurar la viabilidad jurídica del restaurante. Desde este año tiene una alianza estratégica con Acción Interna y periódicamente visitan distintas cárceles del país con jornadas de capacitación y asesoría jurídica para los internos, entre muchas otras actividades.

Además de un espacio para vigilar y castigar, las cárceles usualmente son una horrible puerta giratoria por la que entran y salen personas privadas de oportunidades. El restaurante Interno demostró que es posible empezar a romper esa puerta giratoria y que el verdadero acceso a la justicia está más allá de conseguir abogados que presenten demandas o revisen contratos.

¿Qué siente una persona cuando después de cumplir su pena sale de la cárcel? Yo creo que desesperanza. Gracias al restaurante Interno, todas las reclusas de Santo Domingo reciben capacitaciones para desempeñar oficios cuando estén en libertad. Nadie les garantiza cómo será el futuro, pero sí las motiva a aprovechar con esperanza las segundas oportunidades.

Vale la pena entrar a esa cárcel y visitar el restaurante Interno, no sólo para degustar sus recetas bien cocinadas y disfrutar su magnífica atención, sino también para liberarnos de esos pensamientos que nos inducen a creer que algunas ideas suenan bien “pero son imposibles”.

Por: Marcos Quiroz Gutiérrez

Asociado de Gómez-Pinzón Zuleta y profesor de la Universidad Externado de Colombia.

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